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.Un momento más tarde, un suave golpe indicó que la quilla había tocado fondo.El marinero saltó de la barca con un chapoteo convincente y tiró a continuación de la barca hasta llevarla a la orilla.Mientras lo hacía, Flor Implacable permanecía inmóvil como una estatua, observando la escena con el mismo aire distante que si hubiera sido una comedia representada para su placer.—Vamos —dijo Aguas de Jade y extendió la mano.Ella la otmó y desembarcó sobre la corta hierba de la ribera.Cuando estuvo seguro de que estaba en tierra firma, Aguas de Jade fue a buscar el pequeño hastillo que contenía sus pertenencias, así como las vituallas que Lobo Justiciero le había proporcionado.Ella los aceptó de sus manos dándole gracias con un gesto grave.El marinero se volvió para marcharse y ella lo llamó.—Espera.Se detuvo.—¿Señora?—Toma esto —metió la mano en la bolsa y sacó un pequeño amuleto hecho con una cuenta de ámbar que colgaba al extremo de un fino cordel de cuero.»Puede que algún día te resulte útil.Te ayudará a permanecer oculto de ojos indiscretos —sonrió—.Tu capitán también tiene uno.Provienen de la tumba de un hombre que está mucho mejor muerto y cuyo espíritu torturé durante cinco días y cinco noches para conseguir que me revelara dónde escondía su tesoro.No le digas al capitán que lo sabes —se inclinó entonces hacia él y le dio un beso en la mejilla.Él hizo una profunda reverencia y a continuación empezó a tirar de la barca para llevarla de regreso al agua.La embarcación abandonó la orilla y Aguas de Jade subió a ella chapoteando, con el amuleto a buen recaudo alrededor del cuello.Flor Implacable lo observó mientras se alejaba.Cuando hubo desparecido tras la quilla de Las Tres Lunas Claras, le dio la espalda al río y emprendió la marcha hacia el norte, donde la esperaba el prometido encuentro con Polvo Rojo.24La caravana encontró a Sabueso Fiel y conduciendo a sus animales de una manera que no podía ser descrita más que como errática.Tenía el rostro cubierto de sangre y le había arrancado los ojos de las órbitas hacía poco.—Ha sido un pájaro —dijo la curandera que viajaba con la caravana después de realizar un rápido examen—.¿Ves esto? Las desgarró de la tela de la camisa a la altura del pecho con las garras.Era enorme.Lo que no comprendo es cómo pudo sacarle los dos ojos sin hacerle más daño.Lueog había sacado unos paños húmedos y le había limpiado las heridas.Le aplicó ungüentos y se las vendó y los hombres y mujeres que se ocupaban de las bestias de carga de la caravana se llevaron los animales que había traído consigo.La jefa de la caravana, práctica por encima de todo, ordenó que los centinelas se armaran con arcos y que cualquier pájaro que fuera avistado en las cercanías fuera abatido, desplumado y cocinado.—Los ojos —dijo, no sin razón—, cuestan dinero.El precio de la ayuda que le habían prestado a Sabueso Fiel fue evaluado y cobrado en las mercancías que llevaba consigo.Los comerciantes lo conocían y apreciaban pero detenerse por él les había costado dinero y, de haber sido la situación contraria, él no habría dudado en hacer lo mismo.Así era la vida del comerciante en las Tierras Carroñeras o, en realidad, en cualquier lugar al que llegase el Gremio.Con cuidado, cargaron el cuerpo de Sabueso Fiel en un carromato y lo ataron a un tablón, para que pudiera viajar con un poco más de comodidad mientras la curandera se ocupaba de él.Sus enfebrecidos delirios sobre ratas, príncipes y niños pequeños ataviados con los colores del Sol fueron, por supuesto, ignorados.***Cazarratas despertó, ciego y maniatado, y al instante empezó a proferir improperios.—¿Estás despierto? Bien —la curandera, cuyo nombre era Tigresa Astuta, pero a cuya apariencia hubiera correspondido mejor Ratón Tímido, se inclinó hacia atrás, volvió la cabeza y le dio la bienvenida—.Has pasado unos días malos, Sabueso.Tres desde que te encontramos.Ha habido ocasiones en las que, de no ser porque seguías moviéndote, te hubiera dado por muerto —tiró de las riendas y el tiro de caballos que arrastraba con suavidad el carromato se detuvo—.Deja que eche un vistazo a ver si se te pueden quitar esos vendajes.—¡No! —exclamó Cazarratas—.Quiero decir, no, por favro.¿Dónde estoy? —movió la cabeza de un lado a otro—.¿Por qué no puedo ver?—Calma —la curandera rió—.Muy bien, te desataré.Y, en respuesta a tus preguntas, estás en un carromato de la Caravana de las Nueve Maravillas Efervescentes, bajo la severa dirección de la señora Espejos Giratorios.Unos exploradores te encontraron junto con tus animales.no te preocupes, tanto ellos como uts mercancías están a salvo.Te encontraron, digo, hace tres días.Estabas herido y delirabas y tuviste el buen sentido de desplomarte cuando llegó la caravana principal.Desde entonces has estado en mi carromato para que pudiera tenerte vigilado y asegurarme de que no volvías a convertirte en carnaza para las águilas.Y en cuanto a por qué no puedes ver, ésa es una cuestión diferente.Estate quieto.Cazarratas se quedó quieto y, con gran dificultad, se mantuvo en silenco.Podía sentir una cuerda que se deslizaba por su pecho, sus muñecas y sus tobillos pero de repente dejó de sentirla.Lenta y cautelosamente se incorporó.—Gracias —dijo, sin atreverse a añadir más.Había algo en la constante cháchara y el buen humor de la curandra que le crispaba los nervios pero por el momento representaba la única protección con que contaba frente al mundo exterior y necesitaba averiguar más antes de decantarse por un curso de acción.—No te preocupes.Y ahora, por lo que se refiere a tus ojos, ésas son las malas noticias.Alguien te los ha arrancado.Esperaba que pudieras decirme quién.—¿Mis ojos? ¿Otra vez? —se le escaparon las palabras antes de que pudiera pensar y al instante se arrepintió de ellas.Se llevó las manos a los vendajes de la cara y se los arrancó—.¿Qué ocurrió?—¡No! ¡Deja los vendajes donde están! —la curandera trató de detenerlo y, en un acto reflejo, Cazarratas la apartó de un golpe.La mujer cayó pesadamente sobre la tela del carromato mientras él arrojaba lejos de sí la tela ensangrentada.—¿Qué pasa aquí? —preguntó una voz de hombre con tono suspicaz.La cabeza de Cazarratas se movió hacia la derecha, hacia la fuente del sonido.Había una sombra tenue allí, gris oscuro recortado contra un fondo negro.—Nada, nada de nada —pudo oír que decía Tigresa Astuta—.Sólo me he resbalado mientras le quitaba los vendajes, Zorro Andrajoso.Las noticias lo han cogido por sorpresa, eso es todo.Todos estamos bien —su voz resultaba sorprendentemente calmante.—Bien, de acuerdo —dijo el hombre llamado Zorro Andrajoso—.Llámame si necesitas algo.—Por supuesto —replicó la curandera y se volvió hacia Cazarratas—.No me hagas mentir de nuevo por ti —siseó—.Zorro Andrajoso es muy protector y si creyera que me has hecho daño, tendrías nuevas heridas de las que preocuparte.Cazarratas abrió la boca para replicar que haría pedazos a Zorro Andrajoso si se le ocurría ponerle la mano encima y entonces recordó la situación y se contentó con toser.—Lo siento —dijo con toda la humildad que pudo reunir—.Sólo estaba un poco sorprendido, como has dicho.—No te preocupes.Pero no vuelvas a hacerlo —podía oír cómo se ponía en pie y, de nuevo, una frustrante forma vaga apareció en su campo de visión—.Pude echarte un vistazo rápido mientras te quitabas tus vendajes y creo que ya estás tan curado como vas a estar.Por suerte las órbitas no están dañadas.Cuando nos detengamos para pasar la noche podrás conseguir unos ojos de cristal, siempre que nos queden, claro [ Pobierz całość w formacie PDF ]

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